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Mesada

31 ene

El abuelo llegó de Tacna y trajo un avión de aluminio para mi hermano, una muñeca negra y robusta para mi hermana, un saco de panes para mi papá y un reloj verde para mi madre. Yo tenía cuatro años y era la primera vez que veía a ese tipo delgado y enano que llevaba un aparato muy raro en la oreja izquierda. Lo vi traspasar el umbral de la puerta y me dio terror porque yo estaba en el patio trasero, sentado en mi bacinica, cómodo como rey entre sus cortesanos, cuando llegó el extraño de pelo cano y me miró y sonrió y dijo quién es él. Y mi papá, que tenía la cara llena de nostalgia y el polo manchado de pintura, respondió: es tu nieto, Caleb. Ambos estaban muy tensos. Mi padre y mi abuelo, que no se habían visto en muchos años, quizás diez, habían perdido las maneras familiares y se trataban como peregrinos.

-Mi hermana, de doce años, gritaba: ¡el abuelo es brujo, el abuelo es brujo. Yo le he escuchado decir a mi papá que el abuelo es brujo!

Pero nadie le hacía caso.

Cuando terminé de cagar llamé a mi madre para que me atienda y cuando estaba presentable me llevó al pie del abuelo y me dijo: “no creas que ese señor es malo porque no te ha traído un juguete, él no sabía que tú habías nacido”. Lo volví a mirar y le pedí a mi madre, en susurros, que me acompañe a la cocina. En el camino del comedor a la cocina, quizás veinticinco pasos de trayecto, lloré de envidia porque a mi hermano mayor le habían traído un avión y a mi nada.

Mi mamá me sirvió un jugo de naranja de sobre y me pidió que me calmara, no le dije nada, yo nunca decía nada, era muy tímido aún con mis padres y desde muy niño siempre me había desempeñado desde el olvido, dos veces me escapé de mi casa, una vez me dejaron en un paradero y aparecí luego de nueve horas en otro distrito, y el único bien que tenía a los cinco años, cuando conocí a mi abuelo, era un gato que me abandonó y partió a la azotea y luego -quizás no debo adelantarme a los hechos pero este pasaje de mi vida me duele- lo vi morir envenenado, echando espuma por la boca. Pero el día que conocí a mi abuelo mi gato estaba vivo y trepaba por las vigas del patio y robaba comida de la mesa y cazaba ratas. Él era mi dios. Yo pensaba que mi gato era una divinidad que había llegado a mi vida para construir momentos felices. Y se terminó muriendo, o mi hermano lo envenenó cuando me robé su avión y lo aventé a la pista, pero esa historia es muy grande e intensa y me aleja de lo que ahora quiero contar: la relación entre un hombre frugal y un bárbaro. Mi abuelo y mi padre.

A mi padre solo dos cosas los salvaron de una vida destinada al pronto olvido: sus ojos verdes y sus manos creadoras que jamás dejaron de pintar cuadros, los mejores, eso sí. Mi papá fue uno de los pintores más apasionados de su tiempo. Mi madre siempre lo recordaba, casi hasta su muerte, por un cuadro del tamaño de la pared de la sala al que le tenía mucho cariño porque representaba la batalla en el cielo entre el demonio y los ángeles. Aquella pintura se la vendió a un italiano y con ese dinero vivimos un año como menesterosos, pero vivimos, y nunca nos quejamos. Almorzábamos lentejitas cinco veces a la semana, y éramos fuertes, y no teníamos televisor pero sí radio. Y mi madre cantaba cumbias antiguas y mi padre escuchaba música sinfónica y yo trepaba por la pared del patio trasero y gritaba: este es el barco, y yo soy Caleb, el capitán. Y nadie me escuchaba, como nadie escuchó a mi hermana cuando gritó con desespero, en un intento de revelación: ¡mi abuelo es brujo! Quizás los únicos que nos oían eran los espíritus de la noche, porque en la casa de mis padres, hogar de artistas, las guerras espirituales se prolongaban por meses. Una vez un viejo con bastón intentó atacarme y yo corrí al baño y lo perdí porque el fantasma era lento, pero eso, de nuevo, es otra historia que me aleja de lo que quiero contar ahora o quizás sí, porque la sensación espectral que me abrazó cuando conocí a mi abuelo es la misma que sentí cuando, por primera vez, peleé con un fantasma.

-Mamá el abuelo es brujo, no te hagas. Yo te he escuchado decir que él hace hechizos y esas cosas-, gritó mi hermana.

Mi mamá no le hacía caso y continuaba fregando la ropa. El abuelo, en la sala, conversaba con mi papá. Parecía que poco a poco empezaban a reconocerse como padre e hijo porque porque se miraban, el uno frente al otro, como dos soldados romanos a punto de golpearse hasta morir. Ese odio cordial los acercaba cada vez más. Mi mamá dejó de hablar y yo pensaba que estaba triste porque mi abuelo no me había traido un regalo, pero mi hermana mayor, que siempre fue chismosa, me llamó a un lado y me dijo: “han traído al abuelo para que le cure la borrachera a mi papá, no ves que él es borrachazo”.

De niño siempre viví aterrado por todo lo que me decía mi hermana. Yo nunca vi a mi papá borracho porque siempre que llegaba a la casa en ese estado mi mamá me sacaba a pasear y cuando volvíamos él ya estaba roncando en un sofá o en el piso pensando que estaba en el paraíso (las últimas ocho palabras son de una canción de Calamaro). El día que conocí a mi abuelo vestía un saco a cuadros, un pantalón crema y tenía barba blanca y prolongada como un triángulo invertido y no tenía pinta de brujo. Era flaco, muy flaco y no parecía el papá de mi papá porque era chato y desde su pequeña humanidad no imponía respeto. En cambio mi papá siempre fue alto y ancho, también barbudo, y con dos tatuajes que abrazaban casi toda su pantorrilla izquierda.

Mi abuelo y mi padre hablaron durante más de horas. Cuando acabaron, mi papá se paró, se acercó a mi madre y le dijo: “en la noche viene para la mesada”.

El abuelo no se despidió con mucha cortesía, a lo lejos lo vi alzar la mano y rápidamente nos dio la espalda a todos. Cruzó el umbral, cruzó otro umbral, y otro, y otro, y llegó a la puerta que daba a la calle. En una reacción que solo se explica a los cinco años corrí detrás de él para ver si mi abuelito caminaba al paradero o si iba en taxi, pero me sorprendí cuando lo vi montado en una vieja moto. Me miró de lejos, no me dijo nada y eso me dio cólera. Embaló.

Mi abuelo no había llegado a nuestra casa por mi padre, ni por mi. Nos visitó por mamá. La mesada era por ella.

La noche nos traería una gran sorpresa.

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Acerca de sinplaca

Periodistas, narradores. Ocurrentes, experimentales. En constante búsqueda de nuevas motivaciones. De amistades desinteresadas. Con hermanos menores, preocupados. Placeres: reflexión, caminar, charlar y entablar amistad. Viajes juntos: Trujillo, Piura, Ayacucho, Huancayo, Arequipa, Puno, La Paz, Santa Cruz. Brasil y Argentina en planes, tal vez Colombia, tal vez Tailandia. Hijos: no, pronto. Son hijos, cuatro padres vivos, dos abuelas, un abuelo. Aún indisciplinados, poco a poco. Deporte: caminatas largas, escalada, fulbito. Con el pasar de los días el riesgo es mayor. Nada más. Escriben.
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Publicado por en enero 31, 2012 in Sin categoría

 

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