En ese pasado aparecieron inmensas rocas en el cielo, simétricas, con lados de miles de ángulos, con una luz maldita que escapaba de sus grietas, de las separaciones entre sus piezas. Sus controladores, ahora lo sabemos, tienen una apariencia de piel marrón y cabellos lacios, negros y largos, dos brazos, dos piernas, dos orejas, dos agujeros bajo sus dos ojos, y debajo de éste un agujero más, en horizontal, de donde emiten una música extraña. Utilizan un tipo de corona que ilumina como el sol, de enormes proporciones, de un brillo nublador. En las pompas de sus arribos se alistaban en rectas, separados por espacios considerables entre ellos, necesarios para manipular sus armas mientras esperaban el despliegue a la superficie. Son gigantes.
Luego vimos millones de puntos negros en el cielo celeste, cada vez más grandes. Cuando nos dimos mejor cuenta, era su segunda brigada. Sus inmensos guerreros sobre gigantescos seres oscuros, de cabeza blanca y cresta roja, muy parecidos a nuestras aves. Eran millones.
Nada podíamos hacer. La luz se había apagado hace varios días en todo nuestro plano, inexplicablemente hasta ese momento, claro. Solo los corazones fuertes sobrevivieron. Sin que antes nos atacaran con el látigo de sus conciencias, muchos murieron de múltiples infartos. Tal vez cientos de miles de desvanecimientos en instantes pequeños sin haber sido tocados siquiera. Los restantes, quienes soportamos el impacto de aquella emoción, hemos sido esclavizados.
Esperamos que simplemente dejemos, en un futuro, de subir y bajar nuestros triángulos. Es lo único a lo que nos obligan, a los pocos que quedamos. Nuestras cumbres que antes veíamos hermosas ahora solo son montes de nada. Cada cierta distancia hay uno de ellos sobre una cima, con un duro hilo en la mano que soporta con placer tal vez a quienes se detienen o corren para salir de la línea. Esta arma no es proporcional al tamaño que tienen ellos, está diseñada para nuestras pequeñas retaguardias.
No es posible saber cómo, desde que nos obligaron a realizar estas caminatas eternas, no nos cansamos físicamente. Deben haber utilizado un tipo de arma que se haya introducido en el interior de nuestros metabolismos. Sencillamente andamos sin necesitar ningún tipo de sólido para seguir. Nos hacen luchar contra nosotros mismos, caminando, subiendo y bajando nuestras propias puntas, pensando como si atestiguáramos largas correspondencias.
Nos quedan las miradas en común. Desde hace un tiempo parece que es la forma en cómo podemos comunicarnos y nada más. Si aprendí a explicarme esto es porque… es porque no tengo nada más que hacer que caminar, con la mirada al suelo, pensando únicamente y observando de vez en cuando a quien coincide conmigo, rostros que se cansaron de sufrir, otros que aún se esperanzan en violencia, algunos que guardaron para sí algunas lágrimas.
Algunos hemos desarrollado una segunda joroba, nuestras orejas han perdido sus puntas y tres de nuestros brazos simplemente han muerto en muchos. Muchas cosas no se explican. Solamente estamos condenados a avanzar. Nuestra piel ha perdido el verde brilloso, la mugre nos oculta. Debo haber tardado una larga era en articular mi discurso y represión. Encerrado dentro de mí.
Siento que necesitamos, ya que tenemos el tiempo para reflexionar, porque a eso estamos supeditados, otra voz que pueda ser cultivada en nuestro interior, la creación de una presencia a la cual pueda y como digo, tal vez podamos referirnos, como dándole responsabilidad por la confusión a la que estamos sodomizados, una voz a la que pueda adorar en mi silencio y darle pocas letras para citarla sin esfuerzo.
Tenemos líneas recorridas muy largas y anchos equivalentes a la distancia entre el plano y nuestra luna, anchos ajenos a nuestra voluntad. Tal vez un día se irán y nos quedaremos con lo vivido en nuestra oscuridad, un viaje en luz diagonal. Cuando hayamos terminado de observar lo que hicieron en nuestro plano.
Y por misericordioso que parezca solamente han permitido que conozcamos, en telepatía, el nombre del responsable, de su líder. Sabemos sin caligrafía que tiene las letras de algo que se siente en nuestro corazón solamente, dos latidos que dictan una sinfonía que se escucha como Aya Kucho.
El sonido grave es diferente a todos los legendarios ruidos de nuestras lenguas en la historia de nuestro plano y en todos sus puntos de reunión. Ahora tengo la convicción de encontrarlo en donde se encuentre en el universo, mi pensamiento libre es lo único que no pueden interrumpir, creo que si sigo desarrollándolo en tantas eras como fuera posible en algún segundo tendré la fuerza para salirme de la línea. Será mi manera de acercarme a él y derrotarlo.
M.
26/01/2367
